Mi hijo, desde los 7 meses de vida comenzó
a presentar cuadros infecciosos severos que lo tuvieron al borde
la muerte en repetidas ocasiones. En el año 1998, tras
haberle practicado 8 cirugías en su cara y cráneo para
cortar los cuadros infecciosos, fue llevado al Instituto de Investigación
de enfermedades Metabólicas. Allí le practicaron una serie de exámenes
procesados en Chile y EEUU, llegando a la conclusión de
que era portador de una rara enfermedad metabólica llamada defecto
de glucosa de fosfato hidrogenosa, que entre sus variados síntomas
provoca pérdida progresiva del campo visual, autodestrucción de glóbulos rojos
por la médula ósea, anemia hemolítica e inhibición del sistema
inmunitario. Al ser portador de esta rara enfermedad su pronóstico
de vida era muy incierto, ya que dicha enfermedad nunca
había sido tratada en otros pacientes portadores, por lo difícil y
porque los otros 5 portadores habían muerto producto de cuadros
infecciosos antes de los dos años de vida.
Como padres
y familia junto a mi esposo y nuestra pequeña hija
nos encomendamos a Dios y lo entregamos a Él, para
que se hiciera su voluntad y no la nuestra. Fue
así como un 12 de mayo, antes de un examen
confirmatorio, llegó a nuestro hogar un sacerdote legionario a ungir
a nuestro hijo con óleo para darle la unción de
los enfermos. Al mismo tiempo bendijo nuestra casa y a
todos nosotros, encomendando en forma muy especial a nuestro hijo
a Mamá Maurita, para que le diera salud y tranquilidad
y paz a toda la familia, que llevábamos una pesada
cruz al ver sufrir al niño y no poderle dar
la mejoría a su enfermedad.
Ocurrió después que se le
tomó el examen de sangre y fue enviado a Estados
Unido. Aquí en Chile también se habían tomado muestras sanguíneas
para cuantificar la destrucción de glóbulos rojos, que hasta ese
momento fluctuaba entre un 13,8% y un 15,2%. En este
período el niño comenzó a mostrar mejoría en la sintomatología
de su enfermedad. Decía ver mejor. Sus ojos ya no
se veían enrojecidos. Sus cuadros infecciosos de carácter respiratorio mostraron
mejoría notable. Su aspecto físico lo mostraba como un niño
más lleno de vida y de energía. Los primeros días
del mes de junio llegaron los resultados de ambos exámenes.
Uno mostraba que el niño ya no presentaba la enfermedad
metabólica y el otro que sus glóbulos rojos estaban totalmente
sanos. No lograron los médicos y estudiosos explicar cómo una
enfermedad que estaba muy avanzada, según los síntomas y exámenes
tomados, aparecía en estos últimos como si nunca hubiera estado
presente.
M.E., Santiago de Chile