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Durante el adviento cada uno de sus hijos era
representado por un borreguito, que se acercaba o se alejaba
del pesebre según se portara. En Navidad ella preparaba con
gran cariño el nacimiento. Ella misma tejía la ropita con
la que adornaría la imagen del Niño Dios, le cantaba,
lo abrazaba, lo besaba… Entronizó la imagen del Sagrado Corazón
en su casa y en su habitación. Nunca se apagó
la lamparita de aceite ni hubo flores marchitas a los
pies del Sagrado Corazón. Su pasión de amor la hizo
una mujer de sagrario: asistía a dos o tres misas
diarias, recibiendo toda su vida la comunión, incluso en medio
de la persecución religiosa. Su tema preferido de meditación era
la pasión de Cristo. Rezaba cada día el trisagio en honor de
la Santísima Trinidad, que sabía de memoria. |