Acercarse al interior de un alma es siempre difícil y la mayoría de las veces injusto, pues la idea que nos podemos hacer de la persona es, forzosamente, parcial y fragmentaria. Sólo Dios conoce la riqueza espiritual que cada persona esconde en su interioridad.

Experimentaba a Dios como quien lo conoce y trata íntimamente, y no de un modo teórico. Lo descubría en toda persona, lugar, momento y circunstancia. Todas sus aflicciones y penas las sabía remitir a Dios para que se cumpliera siempre su voluntad. En ese clima germinó la llamada al sacerdocio de uno de sus hijos, el P. Marcial Maciel, Fundador de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi.

Durante el adviento cada uno de sus hijos era representado por un borreguito, que se acercaba o se alejaba del pesebre según se portara. En Navidad ella preparaba con gran cariño el nacimiento. Ella misma tejía la ropita con la que adornaría la imagen del Niño Dios, le cantaba, lo abrazaba, lo besaba… Entronizó la imagen del Sagrado Corazón en su casa y en su habitación. Nunca se apagó la lamparita de aceite ni hubo flores marchitas a los pies del Sagrado Corazón.

Su pasión de amor la hizo una mujer de sagrario: asistía a dos o tres misas diarias, recibiendo toda su vida la comunión, incluso en medio de la persecución religiosa. Su tema preferido de meditación era la pasión de Cristo. Rezaba cada día el trisagio en honor de la Santísima Trinidad, que sabía de memoria.

 
 
Su vida Favores Inicio