Una de sus hijas recuerda cómo asistió a un
asesino que se estaba muriendo de pulmonía. Se trataba del
hermano de un capataz de una de las haciendas de
Don Francisco. Maurita pasaba con su esposo unos días en
esa hacienda cuando llegó este hombre. Don Francisco le dice
a Maurita: «Tengo que ir a traer al sacerdote y
al doctor, porque este hombre ya está agonizando».
Mamá
Maurita le cuenta más tarde a su hija lo que
le tocó pasar aquella noche: «Hija, me tuve que quedar
cuidando a ese hombre que estaba agonizante. Yo no te
puedo describir el horror que pasé. Yo le hablaba de
la misericordia de Dios constantemente, y el decía: “Doña Maurita
es que veo todos los demonios que vienen a buscarme”.
Hija, era aquello espeluznante verdaderamente. Y yo con una vela
bendita encendida, nada más rezando y rezando, y nada más
tratando de que este hombre se arrepintiera».
Y proseguía
Mamá Maurita: «Arrepentimiento no creo que le faltara, le faltaba
ya concretarlo con una confesión, pero de todas maneras fue
una noche verdaderamente terrible. Luego llegó tu papá, llegó el
sacerdote y llegó el médico. Después de confesarse, hija, aquel
hombre se quedó en una paz infinita».