UNA VIDA DE SERVICIO

Mamá Maurita fue siempre una mujer de bien y se le recuerda porque supo hacerlo a todos. Era inagotable su caridad con el prójimo, en palabras y en obras. Puso su corazón en los pobres y enfermos, leprosos y moribundos. A todos cuidaba y socorría espiritual, moral y materialmente con limosnas y visitas, porque en todos veía a Cristo. Siempre hablaba bien y en su presencia estaba terminantemente prohibido murmurar.

   

Una de sus hijas recuerda cómo asistió a un asesino que se estaba muriendo de pulmonía. Se trataba del hermano de un capataz de una de las haciendas de Don Francisco. Maurita pasaba con su esposo unos días en esa hacienda cuando llegó este hombre. Don Francisco le dice a Maurita: «Tengo que ir a traer al sacerdote y al doctor, porque este hombre ya está agonizando».

Mamá Maurita le cuenta más tarde a su hija lo que le tocó pasar aquella noche: «Hija, me tuve que quedar cuidando a ese hombre que estaba agonizante. Yo no te puedo describir el horror que pasé. Yo le hablaba de la misericordia de Dios constantemente, y el decía: “Doña Maurita es que veo todos los demonios que vienen a buscarme”. Hija, era aquello espeluznante verdaderamente. Y yo con una vela bendita encendida, nada más rezando y rezando, y nada más tratando de que este hombre se arrepintiera».

Y proseguía Mamá Maurita: «Arrepentimiento no creo que le faltara, le faltaba ya concretarlo con una confesión, pero de todas maneras fue una noche verdaderamente terrible. Luego llegó tu papá, llegó el sacerdote y llegó el médico. Después de confesarse, hija, aquel hombre se quedó en una paz infinita».

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